¿Nos hemos adormecido? El acelerado desarrollo tecnológico nos mantiene entumecidos, ajenos a la realidad que nos rodea. Sabemos que la tecnología, utilizada de manera consciente, ofrece enormes beneficios; pero cuando no la gestionamos adecuadamente corremos el riesgo de estar cada vez más conectados a las pantallas y, al mismo tiempo, más desconectados de la realidad.

¿Somos verdaderamente conscientes de que en nuestro país el  41,3 % de los niños, niñas y adolescentes vive por debajo de la línea de pobreza? ¿Nos detenemos a pensar en el dolor que atraviesan tantos adolescentes y jóvenes que, en medio de la soledad y la desesperanza, sienten que no hay salida? ¿Pasamos por el corazón a aquellas familias destruidas por la guerra?

En los últimos años, los indicadores muestran un deterioro persistente en las condiciones necesarias para que las infancias crezcan con dignidad, accedan a sus derechos básicos  y desarrollen su vida plenamente. Estas problemáticas no conocen fronteras geográficas: atraviesan a miles de familias a lo largo y ancho del país, siendo los niños, niñas y adolescentes la población más afectada.

Como Familia Salesiana, esta realidad nos interpela y conmueve el corazón. Nos invita a reflexionar y a preguntarnos: ¿qué hacemos para que esta realidad no nos resulte indiferente? ¿Cómo evitamos que se conviertan simplemente en estadísticas, discursos repetidos o promesas electorales? ¿Qué podemos hacer como familias, vecinos, amigos, educadores y animadores?

El primer paso es mirar. Mirar de frente la realidad, tomar conciencia y dejarnos afectar por ella. En este camino resuena con fuerza la invitación del Papa Francisco a «salir a las periferias».

Francisco convirtió este concepto en una de las claves de su pensamiento pastoral, social y misionero. Nos llamó a dirigir la mirada hacia aquellos lugares que suelen quedar silenciados entre tantos ruidos, que muchas veces preferimos no ver porque nos duelen.

Las periferias son aquellos espacios geográficos de exclusión: villas, barrios populares, zonas rurales olvidadas, regiones empobrecidas y lugares donde faltan oportunidades y servicios básicos.

También existen las periferias existenciales: allí habitan la soledad, el dolor, la exclusión social y espiritual. Son las personas que, con demasiada frecuencia, son “descartadas” o ignoradas por la sociedad.

Durante su visita a Turín en 2015, en un encuentro con los salesianos y las Hijas de María Auxiliadora, Francisco nos expresó:

«Hoy la Iglesia se dirige a ustedes, hijos e hijas espirituales de este gran santo, y de modo concreto los invita a salir, a ir siempre de nuevo a encontrar a los muchachos y los jóvenes allí donde viven: en las periferias de las metrópolis, en las áreas de peligro físico y moral, en los contextos sociales donde faltan tantas cosas materiales, pero, sobre todo, falta el amor, la comprensión, la ternura, la esperanza».

Ese llamado sigue vigente. Hoy seguimos buscando que cada una de nuestras casas sea un espacio donde nadie quede excluido; un lugar donde niños, niñas, adolescentes y jóvenes puedan encontrar una familia, jugar, crecer, descubrir a Dios y construir amistades.

Una casa que sea hogar.

«Casa Oratorio Don Bosco», un proyecto social de la Parroquia San Juan Bosco y Santo Domingo Savio en la ciudad de Córdoba, se propone ser esa “casa que acoge” en una zona en la que circunvalación nos presenta una gran diversidad de realidades, por esto el desafío es poder acompañar cada una de las realidades.

Es un espacio para niños, niñas, adolescentes y jóvenes que viven realidades que los ponen en situación de vulnerabilidad; un espacio en el que a través de apoyo escolar, talleres, meriendas y recreación se cuida sus vidas y se cumple aquello que soñaba Don Bosco: que sean amados, y que ellos sepan que lo son.

Para finalizar queremos recordar las palabras del Papa Francisco al hablar de Don Bosco en el mismo encuentro: «Don Bosco cumplió su misión sacerdotal hasta su último suspiro, sostenido por una inquebrantable confianza en Dios y en su amor, por el que hizo grandes cosas».

La invitación sigue abierta. Tenemos que despertarnos, pedir a Dios en la oración que nos permita ver, sacar los ojos de la pantalla, mirar la realidad, prestar atención a lo que sucede a nuestro alrededor, leer, consultar distintas fuentes y reflexionar sobre lo que está pasando.

Don Bosco sintetizó uno de los puntos destacados de su sistema preventivo con estas palabras: “Que los chicos sientan sobre ellos la mirada de los superiores”. Con esto no se refería a una vigilancia de tipo policial, sino tratar de poner sobre los jóvenes la mirada cálida y animadora. Hacerles sentir que de verdad nos interesan y merecen toda nuestra atención.

La realidad nos invita a salir al encuentro, a escuchar, conversar con el otro; y a comprometernos para que ningún niño, niña, adolescente o joven quede en la periferia.