1º de Mayo, conmemoramos un nuevo Día del Trabajador. No queremos que sea solo una fecha más; deseamos que sea una verdadera oportunidad para reflexionar sobre una lucha histórica que sigue vigente. Aún hoy, las y los trabajadores continúan reclamando mejores condiciones laborales, para que el trabajo sea parte de la vida y no que la vida transcurra únicamente trabajando.

En este día, queremos reivindicar y reflexionar sobre una vocación que, en muchas ocasiones, es desvalorizada, precarizada y desautorizada. A través de la voz de un docente, compartimos su experiencia y cómo vive la lucha cotidiana un trabajador de la educación. Es una oportunidad para mirar con profundidad, mirada crítica y conocer una realidad que atraviesa a una gran parte de las y los argentinos. Hoy hablamos del trabajo de los educadores, pero podríamos ponerle rostro a tantos otros ámbitos que viven situaciones similares.

Educar es cosa del corazón… y también es luchar 

Por: Profesor Matías Oviedo –  Educador y animador salesiano

El avance de las tecnologías en los últimos años, especialmente de la inteligencia artificial, ha instalado en el imaginario colectivo la idea de que muchas profesiones podrían ser reemplazadas por sistemas automatizados. La educación no queda al margen de este debate.

Si bien estas herramientas han abierto nuevas posibilidades y desafíos en el ámbito escolar, desde nuestro carisma salesiano sabemos con certeza que hay algo irremplazable: lo vincular en el proceso educativo. Aquello que ocurre en el encuentro, en la mirada, en la escucha y en la presencia cotidiana del educador no puede ser sustituido por ninguna máquina.

En este contexto, el mes de marzo, tan significativo por el inicio del ciclo lectivo, suele estar atravesado por conflictos salariales. Esta realidad nos interpela y nos invita a reflexionar.

Muchas veces vemos en remeras, murales o stickers una frase que nos identifica profundamente: «Educar es cosa del corazón», de Don Bosco. Esta expresión, síntesis de su sistema preventivo, no solo habla del compromiso afectivo del educador, sino también de una responsabilidad ética y social. Educar desde el corazón implica reconocer la dignidad de cada niño, niña, adolescente y joven, y garantizar su derecho a una educación integral. Pero ese derecho no puede pensarse separado del cuidado de quienes educan y de quienes son parte esencial del sistema preventivo.

La realidad mundial, y nuestro país no es la excepción, atraviesa un contexto de retroceso en derechos esenciales para garantizar una vida digna. Los recortes presupuestarios alcanzan sectores críticos, como la salud y la educación en todos sus niveles. En este marco, se hace visible la lucha de muchos docentes en distintas partes del país, que reclaman salarios dignos y denuncian un progresivo abandono estructural de la educación.

La experiencia de Don Bosco con los jóvenes de Turín nos recuerda su incansable compromiso por garantizar condiciones dignas de vida y de aprendizaje, incluso en medio de grandes limitaciones económicas. Su opción fue siempre clara: estar del lado de los jóvenes, especialmente de los más pobres, y crear para ellos espacios donde pudieran crecer con dignidad.

Es imposible no trazar un paralelismo entre la experiencia de Don Bosco en las cárceles de Turín, donde, interpelado por la realidad de los jóvenes en contextos de encierro, emprendió su misión educativa, y la situación que viven hoy muchos de nuestros jóvenes. Ante la reciente sanción de la ley de baja de imputabilidad y el simultáneo debilitamiento del sistema educativo debido a los recortes presupuestarios, se consolida una mirada que, lejos de percibir a la juventud como un sector que debemos cuidar, termina por definirla como peligrosa, y a la escuela y a sus trabajadores como un espacio que estorba y cuesta, en lugar de ser el refugio y ámbito de contención que Don Bosco nos animó a construir.

Hoy, como educadores salesianos, estamos llamados a renovar ese compromiso: trabajar por condiciones dignas no solo para nuestros estudiantes, sino también para quienes sostienen día a día la tarea educativa.

Don Bosco lo expresaba con claridad: «Los jóvenes tienen verdaderamente necesidad de una mano benéfica que cuide de ellos, los eduque en la virtud y los aleje del peligro de los vicios».

Esa «mano benéfica» sigue presente hoy en tantos educadores que, con dedicación y vocación, acompañan la vida de los y las jóvenes en nuestros patios. Son innumerables los testimonios de trabajo y entrega cotidiana que sostienen nuestras comunidades educativas.

En este marco, también surgen experiencias colectivas significativas: docentes de instituciones salesianas que se organizan y participan en reclamos por salarios dignos, marchando bajo una misma identidad y con una consigna que expresa con fuerza su compromiso: «Educar es cosa del corazón… y luchar también es enseñar».

No es solo mi voz; es el testimonio de las y los docentes, que lo expresan con claridad: «Las y los docentes seguimos en lucha. No por capricho, sino por una realidad que se vuelve insostenible: salarios por debajo de la línea de pobreza, sobrecarga de tareas y condiciones que no permiten llegar a fin de mes. Sostenemos la educación con compromiso y vocación, pero la vocación no puede ser excusa para la precarización. No hay educación posible sin dignidad».

Sus palabras nos invitan a reflexionar profundamente. No se trata solo de una demanda sectorial, sino de una cuestión de justicia social.

En este sentido, la Doctrina Social de la Iglesia es clara: toda persona tiene derecho a un trabajo digno y a una remuneración justa. Cuando la educación se convierte en variable de ajuste, cuando el salario no permite vivir con dignidad, cuando se pierde la posibilidad de proyectar el futuro y se debilitan los derechos laborales, estamos ante situaciones de precarización que afectan no solo a los trabajadores, sino a toda la sociedad.

Por eso, desde una mirada salesiana y cristiana, surgen preguntas que no podemos dejar de hacernos: ¿Cómo puede un docente educar con alegría si trabaja en condiciones precarias? ¿Cuentan los educadores con el tiempo, la fortaleza y los recursos necesarios para acompañar verdaderamente a cada estudiante? ¿Pueden las aulas y los patios sostenerse solo con la voluntad y la vocación de quienes trabajan todos los días en ellos?

La educación es una tarea que nos convoca, como sociedad, a acompañar a nuestros jóvenes para que crezcan y se eduquen en contextos amorosos y dignos, donde todos sus derechos sean plenamente garantizados.

Volver a Don Bosco hoy es volver a poner en el centro a las personas. Es recordar que la educación es, ante todo, una misión profundamente humana, donde el corazón, la justicia y el compromiso caminan juntos.

Hoy, más que nunca, como comunidad salesiana, estamos llamados a no ser indiferentes. Educar desde el corazón también implica comprometernos con la justicia, levantar la voz cuando la dignidad está en juego y sostenernos mutuamente como comunidad.

Siguiendo el ejemplo de Don Bosco, no podemos separar el amor por los jóvenes del cuidado de quienes los educan. Porque no hay verdadera educación sin vínculos sanos, y no hay vínculos sanos sin condiciones dignas.

Que nuestros patios sigan siendo lugares de encuentro, pero también espacios donde se construya una educación más justa para todos.