Por estos días asistimos a una nueva página de historia de la humanidad con varios puntos en situaciones de guerra. Quizás el tema pueda estar en cómo confraternizar y hacernos prójimo y no simplemente “asistirlas” como una serie más o un contenido de red social más.
A lo largo de estos años, hemos visto cómo los conflictos se repiten. “Vivimos una tercera guerra mundial en partes” nos decía nuestro querido y recordado Papa Francisco. Por estas horas Israel, Irán y El Líbano. Gaza, Palestina anteriormente. Sudán desde el 2023 (crisis humanitaria ésta más grande del mundo); Ucrania desde hace más de 4 años; Congo desde 2008; Tailandia y Camboya; Pakistán y Afganistán y la lista sigue. En 2024 el gasto militar mundial creció por décimo año consecutivo: 2.700 millones de dólares, un 9.4% más con respecto a 2023 (Fuente: Inst. Mundial para la paz, Estocolmo).
Los discursos de medios y de políticos y sus decisiones en torno a los conflictos parecen alimentarse de esta lógica destructiva y acrecentarla, en vez de ponerla en duda y discontinuarla. Entonces lo que puede llegar a desorientar es el avance de esta lógica que naturaliza el imponer, avasallar, insultar, denigrar, haciendo que “el conflicto sea mayor a la unidad”. Además, ¿Quién es quién en una guerra? ¿Quién es “el paladín” de la paz y justicia entre las personas y del modelo ideal de organización de una sociedad humana? ¿Quién es “el terrorista”?
Ser espectadores de una realidad mediada por una pantalla nos puede dejar tranquilos y cómodos, pero esto no es la paz. “Las sirenas, el llanto de los niños y las aulas vacías, todo cambió con el estallido de la guerra contra Irán” (Testimonio Fray Ibrahim Faltas, Director de Escuelas de la Custodia de Tierra Santa). Muertes, heridos, desplazados. “Casi todos los desplazados se encuentran sin vestidos ni efectos personales en una época donde las temperaturas descienden hasta los 3º durante el invierno, sumado a la escasez de combustible para calefaccionarse” (P. Simo Zakerian – Inspector Salesiano de Medio Oriente que comprende Israel, El Líbano, Siria y Cisjordania) lo que nos recuerda a José cargando a María y al Niño Jesús huyendo de noche a Egipto (Mt 2, 13-18). Niños, familias, comunidades enteras que pagan el precio más alto por decisiones tomadas en otros lugares como esas 150 niñas de una escuela en “zona gris” (dicen los especialistas) en Minab, Irán, y de la que lamentablemente pocos medios levantaron el reporte de lo sucedido.
En la primera guerra mundial el porcentaje de muertos civiles fue el 5%; en la segunda guerra mundial, el 50%; en la guerra de Corea y en la de Vietnam, el 85%. “En la era de la inteligencia artificial, la geolocalización, los drones y los misiles balísticos, ¿qué ha sido de los ojos, humanos y solo humanos, que deben evaluar y autorizar operaciones de este tipo?” (Fuente: Vatican News). Avances impresionantes, de un paradigma llamado tecnocrático, que “se alimenta monstruosamente” (Francisco, Laudate Deum, 2023, 21).
Pero no miremos tan lejos. Muchas veces en la vida vamos “haciendo guerra” y pretendiendo a la vez una paz. El mundo de las habladurías, difamaciones, enfrentamientos y malentendidos. La lógica de criticar y destruir y con ello hasta sentir cierta satisfacción. Una mirada arrojada con odio. El gesto de “plantar bandera” y agarrar e irme. También en nuestras familias, patios salesianos, comunidades. Eran sabias las palabras de San Juan XXIII en aquella memorable carta Pacem in terris de 1963: “la paz no puede darse en la sociedad humana si primero no se da en el interior de cada persona, es decir, si primero no guarda cada uno en sí mismo el orden que Dios ha establecido.” Muchas veces lo que andamos buscando y necesitando es salirnos de la inquietud en la que nos instala el mal espíritu para alcanzar la paz y quietud propia del buen espíritu. “Quien tiene paz en su conciencia –decía Don Bosco- lo tiene todo”.
Aunque por momentos veamos todo el peso de las consecuencias y las abrumadoras complejidades y ambigüedades del rumbo de la humanidad e incluso de nuestras vidas y comunidades, aunque la paz se nos represente como una palabra vacía y hasta se prefiera lo otro, “el camino hacia la paz es la misma paz” enseñaba Gandhi. Así, “la paz es, al mismo tiempo, meta y método, fin y medio” (L. Boff, Ética y moral: 2004). Volvamos a escucharlo para plasmarlo en la vida: “La paz es, al mismo tiempo, meta y método, fin y medio”. Se trata de ser artesanos de paz, porque construir la paz “es un arte que requiere serenidad, creatividad, sensibilidad y destreza” (Francisco, Gaudete et exsultate, 2018, 89). Quizás trabajar en esta artesanía “desde abajo” y en lo pequeño que toca a cada uno es desde donde podamos ir moviendo y presionando por una arquitectura más global de y hacia la paz.
El Papa León en su Mensaje para la Cuaresma de este año nos invita a desarmar nuestras palabras “renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias”. El Santo Padre nos propone “aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad” para dejar a un lado las palabras de odio y dar lugar a palabras de paz y esperanza.
“¿Para qué rezar por la paz…?” dicen algunos en tono cómodo, pesimista y estrecho para después llegar al “¿para qué rezar…?” Así como no podemos y hasta nos olvidamos de “llorar por el sufrimiento” y la guerra, también nos cuesta rezar. El Papa Francisco nos hablaba de La fuerza misionera de la intercesión. Por eso junto a la paz y a nuestra petición cotidiana por estas horas, sea necesario que nos acompañe la esperanza. Esa misma esperanza que espera el fin de un conflicto, esa esperanza de volver a casa y reencontrarse con los afectos, esperanza que se sostiene aún con lágrimas o una vela encendida, esa esperanza que brilla en los más pequeños y las juventudes, esperanza que “nos habla de una sed, de una aspiración, de un anhelo de plenitud, de vida lograda, de un querer tocar lo grande, lo que llena el corazón y eleva el espíritu” (Francisco, Fratelli tutti, 2020, 55).
Hno. Juan Pablo Tobanelli sdb.