Se cumplen cien años de la partida del hombre que trajo el sueño de Don Bosco a nuestras tierras y lo sembró en el corazón de la Patagonia y de toda la Argentina. Salesiano, sacerdote, misionero, obispo, arzobispo y cardenal: la vida de Juan Cagliero es la historia de una vocación sin fronteras.

Nacido en 1838 en Castelnuovo, cerca de Turín (Italia), su destino cambió a los 13 años, cuando conoció a Don Bosco. Era 1851 y aquel encuentro marcaría para siempre su camino. El santo educador lo llevó a Turín, donde comenzó a formarse en el espíritu salesiano que más tarde lo impulsaría a cruzar el océano.

En 1854, durante una terrible epidemia de cólera, Cagliero estuvo al borde de la muerte. Don Bosco, al visitarlo, tuvo una visión: una paloma dejaba caer un ramo de olivo sobre el rostro del joven, mientras un grupo de indígenas rodeaba su cama suplicando ayuda. Juan sanó. Con el tiempo, aquella escena sería leída como un anuncio profético de su misión en América.

En 1859 se consagró como salesiano y en 1862 fue ordenado sacerdote. Años más tarde, en 1875, fue designado jefe de la primera expedición misionera salesiana a la Argentina. Aquella partida marcaría el inicio de una presencia educativa y evangelizadora que transformaría la vida de miles de niños, jóvenes y comunidades enteras.

En 1877 regresó a Turín para participar del Primer Capítulo General de la Congregación. Elegido Catequista General, permaneció junto a Don Bosco durante ocho años, acompañándolo en el gobierno y consolidación de la obra salesiana.

La misión lo esperaba nuevamente en el sur. En 1884, el Papa Pío IX lo eligió Vicario Apostólico de la Patagonia Norte y fue consagrado obispo en diciembre de ese año. En abril de 1885 llegó a la Patagonia, donde desarrolló dos décadas de intensa vida misionera en el Cono Sur de América, acompañando a pueblos originarios, fundando obras y fortaleciendo la Iglesia naciente.

En 1904, Pío X lo llamó a Roma como arzobispo y Visitador Apostólico. Cuatro años más tarde lo envió a las naciones de Centroamérica como Delegado Apostólico. Finalmente, en 1915, Benedicto XV lo creó cardenal y lo convocó a colaborar en el gobierno universal de la Iglesia.

Falleció el 28 de febrero de 1926 y fue sepultado en Roma. Sin embargo, su historia no terminó allí. En 1964, ante la insistencia de la Argentina, sus restos fueron repatriados solemnemente a Buenos Aires y luego trasladados a la Catedral de Viedma, tierra que lo reconoce como padre y pastor.

A cien años de su muerte, la figura de Juan Cagliero sigue interpelando. Su vida recuerda que los grandes sueños —cuando nacen de la fe y del amor por los jóvenes— no conocen distancias ni fronteras. Él fue puente entre Turín y la Patagonia, entre el carisma de Don Bosco y las culturas originarias, entre la Iglesia local y la Iglesia universal.

Hoy, su legado permanece vivo en cada obra salesiana que educa, acompaña y evangeliza, manteniendo encendida la llama misionera que él ayudó a encender en el sur del mundo.