El Papa se encontró con comunidades originarias, miembros de la Iglesia y autoridades del país para iniciar y retomar «caminos de reencuentros».

“Pido a Dios «que prepare nuestros corazones al encuentro con los
hermanos más allá de las diferencias de ideas, lengua, cultura, religión; que
unja todo nuestro ser con el aceite de la misericordia que cura las heridas de
los errores, de las incomprensiones, de las controversias; la gracia de
enviarnos, con humildad y mansedumbre, a los caminos, arriesgados pero
fecundos, de la búsqueda de la paz»” (FT 254)

Y así fue: esta oración que el Papa Francisco hizo en Jordania y, que recoge en su carta encíclica Fratelli Tutti, bien puede introducirnos al viaje que realizó del 24 al 30 de julio de este año a Canadá. Le llamó “peregrinación penitencial” y puede también ser guía para nosotros, ponernos en camino.

Un viaje “distinto”

Todo viaje necesita de su buena preparación, y a veces quizás sea lo más empeñativo y “costoso”. Pues bien, esto que podemos vivir desde la propia experiencia, lo ha señalado el Papa refiriéndose a este viaje. En marzo, Francisco recibió en el Vaticano a un grupos de líderes indígenas y miembros de la Iglesia Católica de Canadá que le presentaron la realidad vivida y sufrida en los establecimientos educativos estatales, cuando se implementaron políticas de asimilación forzada y liberación, de las cuales participaron muchos católicos. Entonces, Francisco asumió la urgencia de generar este encuentro, acelerando los preparativos.

La nota distintiva estuvo en el encuentro con las comunidades originarias de ese país y el pedido de perdón por el daño que les causaron muchos cristianos, entre ellos los católicos, en estas escuelas del gobierno en las que eran llevados los niños a una “asimilación forzada”, propia de una mentalidad colonizadora. Viene bien, sobre este punto, una cita del propio Francisco en Evangelii Gaudium: “hubo más sacralización de una cultura (en el caso canadiense de la francesa y británica) que auténtico fervor evangélico” (EG 117). No obstante las excepciones, que las hubo, se pide perdón por aquellos cristianos que participaron de estos programas “que hoy entendemos inaceptables y también contrarios al Evangelio” (3).

Finalmente, permítasenos decir que quizás haya habido una preparación “más remota”, por así decirlo, y es la preocupación del Papa por los pueblos originarios, que nace siendo Bergoglio en Aparecida, y que vemos en su carta encíclica Laudato Si`, el Sínodo sobre la Amazonia en 2019 y la exhortación postsinodal Querida Amazonia, también de ese año.

Camino hecho de pasos

Francisco se acercó a aquellas tierras para escuchar, estar cerca, “en vergüenza y confusión” (EE.EE 48) como se dice en la primera semana de Ejercicios ignacianos, para abrazar aquella realidad, para “caminar juntos”, el lema de su viaje.

Las grandes etapas de la peregrinación fueron tres: Edmonton, Quebec e Iqaluit, a 300 km del círculo polar ártico, una verdadera periferia. En cada etapa, el Papa se encontró con comunidades originarias, miembros de la Iglesia y autoridades del país para iniciar y retomar “caminos de reencuentros”. A su vez, cada etapa iba “cumpliendo” pasos que hacen a la “peregrinación penitencial”: la memoria, la reconciliación y la sanación. De allí que fuera necesaria la conciencia histórica, la escucha de los sobrevivientes, la toma de conciencia, el cambio de mentalidad.

Un camino, un viaje, nos puede llegar a cambiar; de hecho, el sentido de la palabra “conversión” está en la misma línea. Confesaba el Papa en la Audiencia del 3 de agosto: “he tenido que sentir como bofetadas el dolor de esa gente: los ancianos que han perdido a los hijos y no sabían dónde estaban, por esta política de asimilación. Fue un momento muy doloroso, pero se tenía que dar la cara: tenemos que dar la cara delante de nuestros errores, de nuestros pecados.”

Dejarnos interpelar (sincera y profundamente)

El Papa, como pastor de la Iglesia, camina a veces delante para indicarnos el rumbo, a veces en medio desde la cercanía sencilla y misericordiosa y otras veces detrás del pueblo para ayudar a los rezagados y también porque el pueblo tiene su “olfato” para encontrar nuevos caminos (EG 31). Creo que a cada uno de nosotros nos puede aprovechar esta imagen y desde allí seguir rumiando algunas cuestiones que me permito dejarles entorno al viaje del Papa Francisco a Canadá.

Muchas veces, entre tanta información que va y viene, entre los mensajes sesgados e incompletos que podemos encontrar en diferentes medios de comunicación, se nos puede pasar por alto el mensaje central del Papa. Corrámonos de ese lugar y más bien dejémonos interpelar por sus gestos y palabras. Un viaje así de histórico como lo planteó Francisco, puede cambiarnos también a nosotros mismos. Quizás, de esta manera el Papa nos esté enseñando un nuevo rumbo y una nueva esperanza, personal, comunitaria, social.

Su mismo ejemplo, gesto samaritano de no desinteresarse –como lo hicieron el sacerdote y el levita de la parábola del Buen Samaritano y que vemos no sólo para con los indígenas sino también hacia los jóvenes y ancianos, pobres, ecología, migrantes-, nos lleve a salir, ya sea porque
estamos “adelante”, al “medio” o “al último”, y enseñe a superar miedos, prejuicios, comodidad, etc., para encontrar al otro, a la otra y descubrir que es un hermano con sus realidades, sufrimientos y esperanzas.

Encontraremos todos los discursos, homilías y fotos del viaje en
https://www.vatican.va/content/francesco/es/travels/2022/outside/documents/canada-2022.html