La semana de los pueblos indígenas se celebra del 19 al 25 de abril en toda la Argentina.

La defensa de los derechos indígenas es uno de los tantos campos de acción de la Iglesia. Un tiempo especial de reflexión y visibilización es la Semana de los Pueblos Indígenas, celebrada en nuestro país entre el 19 y 25 de abril de cada año. Su origen es el documento de Pátzcuaro, resultante del Primer Congreso Indigenista Interamericano que se celebrara en la ciudad mexicana en el año 1940.

El Equipo Nacional de Pastoral Aborigen (ENDEPA) es el conjunto de religiosas y religiosos, consagradas, sacerdotes, laicas y laicos que impulsan esta conmemoración como así también espacios de encuentro y diálogo de culturas, asumiendo una actitud respetuosa de escucha y diálogo, de conversión a la justicia y de amor solidario. Este equipo eclesial considera que favorecer el encuentro con los pueblos indígenas es una oportunidad de ampliar la mirada, el pensamiento, los sentimientos, el espíritu y las relaciones con cada integrante y el conjunto.

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En 2020, esta celebración se enmarca en la situación de crisis que afecta a todos, pero de manera particular a las comunidades originarias de los distintos puntos del país. Por ello, la Conferencia Episcopal Argentina ha emitido un mensaje especial:

«Aunque en esta situación de emergencia puedan visualizarse distintas prioridades, todas atendibles, no sería razonable y justo perder de vista a nuestros hermanos y hermanas de los Pueblos Originarios, ya que para muchas de sus comunidades, esto los golpea de un modo particular y se constituye en un eslabón más de dolor y sufrimiento, en medio de tantas postergaciones y olvidos. No podemos olvidar, por ejemplo, la situación de nuestros hermanos Wichi, de la zona del Chaco Salteño, donde la falta de agua (esencial para combatir el COVID – 19) es una grave emergencia crónica, de la cual todos somos responsables. A pesar de la atención de tantas urgencias, no tenemos que abandonar el compromiso por resolver este y otros flagelos.
Por otra parte, el valor del territorio vinculado a la vida lo estamos redescubriendo en este tiempo, en el cual tenemos que quedarnos en nuestras casas. Para algunos, esto implica un redescubrimiento de la pertenencia a un lugar, al espacio que ocupamos, y deviene una experiencia a la saga positiva. Para otros, lamentablemente, se transforma en un problema por el hacinamiento y la falta de infraestructura básica para la vida cotidiana.
En este sentido, la expresión “somos vida en el territorio” y, sobre todo, el testimonio de nuestros hermanos indígenas, que como dice el Papa Francisco “tienen mucho para enseñar a la humanidad” (Francisco, Discurso en San Cristobal), nos interpela proféticamente acerca del cuidado de la casa común, y del espacio que cada persona y cada comunidad necesitan para desarrollar con serenidad su vida y su cultura. El Santo Padre insiste en el tema, diciendo: “…los pueblos indígenas amazónicos expresan la auténtica calidad de vida como un “buen vivir” que implica una armonía personal, familiar, comunitaria y cósmica, y que se expresa en su modo comunitario de pensar la existencia, en la capacidad de encontrar gozo y plenitud en medio de una vida austera y sencilla, así como en el cuidado responsable de la naturaleza que preserva los recursos para las siguientes generaciones. Los pueblos aborígenes podrían ayudarnos a percibir lo que es una feliz sobriedad y en este sentido «tienen mucho que enseñarnos»” (QA 71). Siguiendo esta visión, todos estamos llamados a cuidar “nuestro lugar en el mundo”, y respetar y cuidar el “lugar de los demás”.»

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