No son kilómetros, sino salir

Oct 27, 2026

“En esa oportunidad dijo Jesús: Te alabo Padre, Señor de cielo y tierra … por haberlas revelado

a los pequeños […] Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados”

(Mt 11, 25-30)

“Cuando perdiz, perdiz, y cuando penitencia, penitencia”

(Santa Teresa de Jesús, en su día)

Entre los patronos y protectores de las misiones encontramos a San Francisco Javier y a Santa Teresita del Niño Jesús, de Lisieux. Descoloca un poco que una carmelita, hija espiritual de Teresa de Jesús, con sus jóvenes 24 años y de salud débil y no habiendo salido de su convento haya sido declarada por la Iglesia patrona universal de las misiones. Aquí parece asomar una pista, porque quizás tengamos la imagen de que ser misionero son grandes hazañas, proyectos, kilómetros.

Aquí no queremos contraponer sin más la oración a la misión o ver dónde empieza una y termina la otra o discusiones así. A primeras, nos parece que sin oración la misión en un punto se apaga, cansa más de lo normal, terminamos “predicándonos a nosotros mismos”: aun siendo o “haciendo” la misión sin oración queda como “aplanada” en un laberinto, pero no sale. Y creo que aquí viene lo de Teresita.

Digamos que lo principal de una monja es vivir su consagración a Dios iniciada en el día del Bautismo desde la oración. Como hija espiritual de Teresa de Jesús vivió la oración como un “trato de amistad con el Señor”. Sin embargo y volviendo a lo del laberinto podemos creer que hacemos oración pero en realidad estamos como en un laberinto hasta no dejar de lado nuestro ego y “salir” a ese encuentro con Dios. Y aquí es donde creo se unen oración y misión, cosa que nosotros muchas veces discutimos y separamos. Porque se puede tener un corazón misionero sin salir del país y Teresa nos lo enseña partiendo de la oración.

¿Cómo entiende la oración? Un caminito de confianza y amor en Dios. El Catecismo al hablarnos de la vida de oración cita unas palabras suyas: “Para mí la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como desde dentro de la alegría” (n. 2555). Teresita prefería acentuar primero la gracia de Dios antes que sus méritos, sus realizaciones, sus esfuerzos y en actitud de humildad y abandono, ponía la confianza de su corazón fuera, es decir, rezaba, “salía”. Se dice que “los santos han tenido siempre una conciencia viva de que sus méritos eran pura gracia” (n. 2011). Agustín decía del creyente orante como “un mendigo de Dios” subrayando esta humildad como base necesaria para recibir el regalo de oración (cfr. n. 2559). “Donde hay menos de nosotros, hay más de Dios” agregaría Blondel.

Además de alegrarse con que el Evangelio llegue a varios puntos lugares, aparte de orar por los misioneros y misionados, cosas concretas que incluso nosotros podemos hacer por las misiones, de Santa Teresita aprendemos este “salir”: “el centro y el objeto de su mirada no es ella misma con sus necesidades, sino Cristo que ama, que busca, que desea, que habita en el alma”.

Por Hno. Juan Pablo Tobanelli

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