El uso de celulares en la escuela: del prohibir al acompañar. Algunas claves desde el Sistema Preventivo

Abr 15, 2026

“Con este sistema (Sistema Preventivo) entiendo decirles

que no hay que usar nunca medios coercitivos, sino siempre y

sólo los de la persuasión y la caridad.” 

(Carta sobre los castigos, Don Bosco, 1860 )

Durante el 2025 y, con mayor profundidad, en lo que va de este ciclo escolar, hemos visto las diferentes decisiones que las escuelas de Argentina —en particular de Nivel Secundario— han tomado frente al uso de los celulares en la institución. Este escenario, lejos de ser homogéneo, muestra una diversidad de posturas que reflejan tanto preocupaciones compartidas como búsquedas situadas.

En algunas jurisdicciones del país —como la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) y las provincias de Catamarca, Buenos Aires, Santa Fe, Salta, Neuquén, Tucumán y La Pampa— existen reglamentaciones que prohíben o restringen el uso del celular en todas las escuelas. En otras, en cambio, la decisión queda en manos de cada institución, que desde el Acuerdo Escolar de Convivencia, puede adoptar diferentes medidas: desde la restricción total hasta su incorporación con fines pedagógicos o su uso limitado a determinados momentos de la jornada escolar.

Estas decisiones no surgen en el vacío. Diversos datos y situaciones concretas encienden señales de alerta que interpelan a las comunidades educativas.

Según los resultados de las pruebas PISA 2022, el 54% de los y las estudiantes argentinos de 15 años declara distraerse con dispositivos digitales durante las clases, mientras que un 46% afirma distraerse por el uso que hacen sus compañeros. A esto se suman otras problemáticas que preocupan: la adicción a los juegos online, el ciberacoso en grupos o redes sociales y el acceso permanente a contenidos inapropiados para menores. Si bien muchas de estas situaciones exceden el ámbito escolar, las instituciones buscan al menos resguardar a los estudiantes durante la jornada educativa.

Incluso en los espacios de recreación, como los recreos u otras actividades al aire libre, la restricción del uso de los celulares aparece como un intento de recuperar el encuentro, el juego y la socialización entre los estudiantes, vínculos que muchas veces se ven debilitados por la conexión constante a las pantallas.

Todos estos elementos, que sin duda encienden las alarmas y nos llaman a cuidar y acompañar a los jóvenes, nos invitan también — como herederos del carisma salesiano — a ir más allá de la reacción inmediata y abrir preguntas más profundas:

  • ¿Prohibir el uso de los celulares es la solución?
  • ¿Qué necesitamos resignificar como educadores frente a una problemática que atraviesa de manera tan integral la vida de la escuela?
  • ¿Es una problemática solo de los adolescentes y jóvenes?
  • ¿Qué uso hacemos los adultos de los celulares? ¿Cómo afecta los vínculos? ¿De qué manera limita y/o condiciona la presencia (en el aula, el patio…)?
  • ¿Podemos mostrar una manera saludable de vincularnos con la tecnología?

Es cierto que los datos son preocupantes y que es urgente que los adultos nos hagamos cargo de esta realidad.

Sin embargo, la sola prohibición no alcanza para dar respuesta a una problemática que excede ampliamente el uso de un dispositivo. Se vuelve necesario preguntarnos: ¿qué experiencias están viviendo los chicos y chicas en los entornos digitales? ¿Qué necesidades satisfacen allí? ¿Qué búsquedas, vínculos o refugios se juegan en esa conexión permanente?

Con Don Bosco aprendimos que la presencia, la cercanía y la escucha tienen más fuerza que la mera imposición de normas. Desde esta perspectiva, cabe preguntarnos si es posible abrir caminos de diálogo genuino con los jóvenes, que permitan construir juntos criterios para el consumo digital; tanto dentro como fuera de la escuela.

Tanto los jóvenes como los adultos vivimos en una cultura profundamente digitalizada que atraviesa todos los aspectos de nuestra vida, por lo que se vuelve imprescindible detenernos a pensar nuestro vínculo con lo digital.

Los chicos y las chicas ven en los adultos el modo de habitar los entornos digitales. Desde ésta conciencia podemos generar una mirada amorosa, cercana y comprensiva hacia los jóvenes, y todos los que formamos parte de la comunidad educativa, promoviendo el cuidado personal y comunitario ante el uso de los dispositivos digitales.

En ese camino, la escuela tiene una oportunidad única.

La visita del Papa a nuestro país nos llena de expectativa y renueva las ganas de ponernos en movimiento. En este tiempo de preparación y espera, sus palabras cobran una vigencia especial para interpelar el presente y encender los corazones de nuestras comunidades y juventudes.

Tiempo atrás, dirigiéndose a los jóvenes, el Santo Padre dejaba unas palabras contundente a las nuevas generaciones: “No tengan miedo, sean brotes de paz allí donde crece la semilla del odio y el resentimiento; sean tejedores de unidad allí donde prevalecen la polarización y la enemistad; sean la voz de quienes no tienen voz para pedir justicia y dignidad; sean luz y sal allí donde se está apagando la llama de la fe y el gusto por la vida. No desistan si alguien no los entiende”.

De cara a su llegada a la Argentina, este llamado a ser “brotes de paz” encuentra un cauce natural en el carisma salesiano que se traduce en la amorevolezza: esa cercanía y amor concreto que los jóvenes necesitan sentir y percibir. En nuestros patios, escuelas y oratorios aprendemos cotidianamente que el otro jamás es un extraño ni un enemigo, sino un hermano. Redescubrir la fraternidad es la manera concreta con la que, desde las enseñanzas de Don Bosco, respondemos a su invitación para devolverle al mundo la alegría y la dignidad.

Ante esta visita que se acerca, la propuesta ya está en marcha: ¿En qué lugar, desde lo cotidiano, podés ser brote de paz?