Don Bosco Norte Argentina

Diario de voluntariado - episodio 6

 Las zapatillas. Algunas más viejas, o con más tierra, o con más “guerras”. No había ninguna que no tenga las suelas gastadas.

Se acercaba fin de año y era momento de empacar las cosas. A casi once meses de haber empezado la experiencia de voluntariado misionero, tocaba volver a casa. En medio había tocado vivir una pandemia, adaptarse al distanciamiento social, resignificar espacios, conocer gente nueva, aprender a vivir en comunidad, extrañar, llorar, reír, sentir una paz que antes no había sentido, dar, recibir y muchas otras vivencias y sensaciones más.

Tiempo de volver a casa

En Salta me esperaban mis viejos, mis hermanos, los amigos y las amigas, esas mismas personas que a la distancia fueron sostén en momentos de extrañar mucho, en la tristeza y también en la alegría compartida. Esas personas a quien no hay que darles demasiadas explicaciones, y que son capaces de comprender a uno con solo mirarlo a los ojos, son las que tanto se desea volver a ver.

No había sido un año fácil con esto de la pandemia, y (como ya dije en otras ocasiones) no había pasado hasta el momento tanto tiempo lejos de Salta y de la familia. Dicen que los salteños siempre anhelamos volver, y creo que algo de esa sensación me invadía en ese momento.

Entre remeras dobladas lo más prolijamente posible, libros pendientes en cajas embaladas y el esfuerzo por hacer caber todas las cosas en mochilas, bolsos y cajas, percibí un pequeño detalle que no pude pasar por alto: las zapatillas.

Algunas más viejas que otras, o con más tierra, o con más “guerras” como se dice. Todas tenían algo en común: no había ninguna que no tenga las suelas gastadas (algunas hasta con agujeros en las plantas).

Inevitablemente pensé en todo lo caminado, en lo recorrido, y no a modo de envanecerme por lo hecho como si fuera mérito personal, sino a modo de agradecimiento. Lo primero que nació en ese momento fue un gracias, un detenerse a contemplar y a volver a pasar por el corazón cada calle del barrio, cada rostro, cada historia y cada espacio de la obra salesiana para agradecer profundamente a Dios por la experiencia de voluntariado.

Lo siguiente fue pedirle que las suelas de mis zapatillas se sigan gastando en cada ocasión en que pueda salir al encuentro de quienes lo necesitan.

En cada picadito de fútbol, en cada caminata por las calles del barrio o por el parque con los pibes, en cada ocasión que una olla de guiso nos reúna alrededor de una mesa, en cada eucaristía que moviliza el espíritu para recibir a Jesús, y en cada instante en que nuestro corazón late tan fuerte que nos dice:

“es por acá cumpi”.

Iván Rodríguez – voluntariado nacional.


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