Nuestro Patrono

Artémides Zatti - Don Bosco Norte

Para conocerlo desde su nacimiento hasta su partida a la Casa de Dios, en su obra completa, de manera concreta y breve. La historia de un santo cotidiano.

El beato Artémides Zatti ofrece un singular testimonio de consagrado laico. Dedicó toda su vida a testimoniar en el mundo la caridad y la entrega solidaria a los hermanos enfermos y a los pobres, al punto que todos lo consideran el Buen Samaritano, pariente de todos los pobres.

Lo que caracteriza es su total entrega, animada siempre de un amor sobrenatural. Supo unir el compromiso de la promoción humana con una constante preocupación evangelizadora. Un verdadero contemplativo en la acción, según el camino espiritual de Don Bosco.

Los primeros años de Artémides

Artémides Zatti nace en Boretto , pueblo de la provincia de “Regio-Emilia” (Italia), el 12 de Octubre de 1880. Es hijo de Luis Zatti y Albina Vecchi, campesinos. A los nueve años de edad, Artémides comienza a afrontar la vida con su trabajo fuera de casa. A los 17 años llega a Bahía Blanca como inmigrante, con sus padres y hermanos. Distribuye su tiempo entre el trabajo (mozo de hotel, obrero en una fábrica de baldosas), la familia y la  parroquia. En aquel entonces es párroco de Bahía Blanca el salesiano P. Carlos Cavalli, hombre piadoso y de una bondad extraordinaria. Artémides lo elige como su director espiritual.

A los 20 años se siente llamado por Dios a la vida religiosa y dejando todo lo suyo va al aspirantado salesiano de Bernal.

Asistiendo a un joven sacerdote tuberculoso contrae la tisis pulmonar y debe suspender sus estudios.

Vuelto a casa, manifiesta su decisión de morir como religioso de Don Bosco. Aconsejado por el P. Cavalli, en 1902, va al Hospital misionero de Viedma. Trabaja como ayudante del P. Evasio Garrone. Allí el Padre “dotor” detecta el grave estado del joven y descubre sus virtudes: ¡podría ser su sucesor!

Advirtiendo que la enfermedad sigue haciendo estragos en el joven Artémides, le propone un voto: “Zatti, prométeme dedicar tu vida a los enfermos y yo, en nombre de María Auxiliadora, te prometo la salud”. Dicho y hecho. Años después, Artémides manifestó: “Creí, prometí y sané”.

En 1908 Artémides Zatti se consagra a Dios como salesiano coadjutor.

Progresa en el arte de curar y en la fe al lado del P. Garrone. Muerto éste, en 1911, asume, al principio en parte y desde 1913 totalmente, la conducción del Hospital. En 1917 obtiene en la Universidad de La Plata el título de “Idóneo en Farmacia”, posteriormente el de Farmacéutico. Desde 1911 a 1951, dedica cuarenta años de vida consagrada al servicio de los enfermos y particularmente de los más pobres.

El “enfermero santo” de la Patagonia

Su celo de apóstol de la caridad lo mueve a visitar día y noche, con su legendaria bicicleta, a los necesitados de Viedma y Patagones. De toda la Patagonia le llegan enfermos que él recibe gratuitamente. Cada enfermo es Jesús que llega, y así es recibido. Cuando lo introduce al Hospital, pregunta a las enfermeras: “¿No tienen una camita para Jesús?” Dios, sirviéndose de almas generosas, nunca le deja faltar medicinas, alimentos y ropa para todos.

A lo dicho bien se puede agregar la virtud de la obediencia. Él es un “encargado subordinado”; lo cual requiere mucha prudencia, mucha paciencia y una gran humildad, cualidades que raramente se encuentran todas juntas en una misma persona. En la gestión administrativa del hospital y en el uso del dinero que dispone se mantiene siempre fiel a las directivas de quienes orientan la gestión. Nunca se le pega un centavo. Su jornada normal se inicia antes de las cinco de la mañana y se extiende hasta las 21 horas. Luego dedica unas dos horas a lecturas religiosas, médicas y a redactar correspondencia.

Durante toda su vida tuvo que afrontar grandes y difíciles pruebas: reorientar su ideal sacerdotal; siendo administrador del Hospital, soportar humillaciones de parte de colegas demasiado enérgicos e intransigentes o de algún personal profesional; de parte de quienes orientaban la animación de la presencia salesiana la prohibición de la expansión de la obra y, a los 61 años, en 1941, el asistir a la demolición total de su querido hospital, al destinar a otros usos el terreno que éste ocupaba. No faltaron las innumerables pequeñas pruebas de todos los días que no son menos lacerantes para el alma.

Durante toda su vida Don Zatti cultiva con amor y perseverancia todas las virtudes. Pero en él resplandecen con brillo especial, la caridad incansable, la humildad, la pobreza llena de confianza en la Providencia y la alegría sincera del que vive la unión con Dios. Ante llamados nocturnos, rechaza excusas: “Uds. tienen obligación de llamarme, yo de venir”. El centro de su vida espiritual es Jesús Eucaristía, y la Santa Misa el momento fuerte de su concentración. Pero el aspecto más edificante de su fe lo constituye la fidelidad a la voluntad de Dios.

Su muerte

Ocurrie el 15 de Marzo de 1951. Ocho meses antes Don Zatti conoce el mal que lo afecta, cáncer de hígado. Lo acepta serenamente y sigue trabajando hasta la muerte. Con fe y entereza de ánimo pide el Sacramento de la Unción de los Enfermos; contando todavía con algunas fuerzas prepara su propia acta de defunción.

En el funeral y el sepelio, se vuelca todo el pueblo de Viedma y Patagones en un cortejo sin precedentes, porque así lo sentían: como el pariente de todos.

Camino a la Santidad

La fama de enfermero santo se extiende rápidamente y su tumba es venerada por el pueblo.

La población de Viedma le dedica un monumento y la calle principal de acceso a la ciudad e impone su nombre al Hospital Regional.

El 7 de Abril de 1977 los Obispos Argentinos piden al Sumo Pontífice que se inicie el proceso para declararlo santo.

El 14 de abril de 2002, la comunidad eclesial lo presenta como un auténtico intercesor ante Dios.

El 31 de enero de 2010 se crea la nueva Inspectoría Salesiana de la Argentina Norte, que tiene como su patrono a Don Zatti.

Para aprender de él

La herencia que nos dejó Don Zatti es su testimonio cristiano que nos parece actualísimo por:

  • su caridad sin límites ni horarios;
  • su vida entregada al servicio de los que sufren sin aceptar nunca nada para sí;
  • su amor a los pobres y enfermos, a quienes muchísimas veces les cedió hasta su propia cama;
  • su misma vida pobre, habiendo manejado tanto dinero, y su inalterable alegría;
  • su espíritu de oración dentro de un despiadado horario de trabajo;
  • su fidelidad a la Iglesia y a sus pastores, aún en medio de costosas pruebas;
  • su sencillez y su humildad evangélicas, que lo hicieron amable y simpático a todas las categorías sociales.