La beatificación de Mons. Angelelli y sus compañeros mártires fue sin dudas, uno de los eventos más importantes para la iglesia argentina este año. Aquí, el testimonio de dos jóvenes salesianos que como muchos otros, participaron de los festejos en suelo riojano.

 

 

Por: Tomás Almada y Gastón Ibáñez

 

Más de 12 horas en colectivo, una caminata por media capital riojana, poco más de 3 horitas de sueño en una carpa, y ahí estamos, bajo un sol abrazante en pleno abril, custodiados por los cerros y los santos latinoamericanos. El cansancio no se siente, lo que sí se palpa son guitarras sonando, sonrisas de oreja a oreja, historias que caminan entre nosotros, el cansancio no tiene lugar en esta fiesta. Es la memoria de la vida de cuatro hijos de este pueblo riojano, son testigos “de tierra adentro”.

 

 

¿Y que hacíamos dos entrerrianos ahí? Es que esta fiesta estaba siendo compartida para todo el pueblo de Dios, los que vivieron con Enrique, Carlos, Gabriel, Wenceslao; o los que simplemente (pero no menos fuerte) nos sentimos interpelados por su camino sin haberlos conocido. Después de haber visitado y misionado en esas tierras algunos días de enero, sentimos la necesidad de compartir la beatificación junto a los protagonistas, junto al pueblo que coreaba sus nombres: los adultos con las canciones al son de la guitarra, los más jóvenes lanzando free style; todos impregnados por la luz de los mártires.

 

 

 

Dejan en el corazón de la Iglesia una voz fuerte, una voz que denuncia las injusticias y los atropellos de la dignidad de los Hijos de Dios; donando así una gran máxima:

un oído en el pueblo, y otro en el Evangelio”.

 

Es el modelo de evangelización de sus vidas, solo acercándose a la realidad de la gente, a sus necesidades y conquistas, solo así es posible conocer al otro y así mostrarle a quien nos cambió la vida, porque la vida de los mártires es una constante reafirmación de la presencia salvadora de Jesús.

 

 


“Esta es la Iglesia que por querer que el Evangelio se encarne, esta Iglesia también tiene el signo de la persecución y del rechazo. Vengo de una manera muy especial, por aquellos que nunca podrán decir una palabra porque están sin voz, los que nunca tienen voz. Yo quiero representarlos a ellos, de una manera muy especial… pero a todos, a todos. No para ir a rendir cuenta sino para ir a intensificar una comunión, una comunión en la Fe”.

Septiembre de 1974


 

 

Así rezaba Enrique Angelelli, el Obispo Mártir, en una de sus homilías radiales a las que tenía acostumbrado al pueblo riojano. Este fragmento representa el camino andado por parte de la Iglesia riojana, con el cual nos encontramos cuando estuvimos por aquellas latitudes compartiendo espacios, encuentros y realidades con la juventud riojana y la comunidad salesiana presente. Fue un tiempo de mucho aprendizaje y de conocer a distintas personas que compartieron visiones y luchas con los mártires riojanos; pero así también compartir con la juventud que forma parte de la Iglesia riojana y hoy levanta las banderas de una Iglesia sencilla, cercana e inclusiva.

 

 

 

La pascua riojana sigue dando alegría a su pueblo y sigue dando vida. Sigue siendo ejemplo de una experiencia de comunidad fuerte y que late al ritmo de lo que nuestro Papa Francisco exclama desde Roma.  Los testimonios de Wenceslao, Gabriel, Carlos y Enrique siguen siendo hoy fuente inagotable de servicio, de amor fraterno y de convicción. Un servicio que se fija en los últimos, que sufren la exclusión y el sentirse descartables, que siempre mira desde abajo; un amor fraterno de caminar junto al pueblo, a paso lento pero firme en la búsqueda del Reino y la convicción de que un mundo distinto es posible, un mundo donde todos y todas quepan.

 

La vigilia previa a la beatificación convocó a jóvenes llegados de todas partes.

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