Dedos que apuntan a Jesús

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Miguel Raviolo (55) es el encargado del taller de carpintería en la Casa Oratorio Don Bosco, Córdoba. En primera persona, cuenta como es la tarea a la que ha consagrado (hace ya 8 años) sus manos y su corazón.

 


 

Corría el año 2010 y Miguel Raviolo, con 47 años entonces, cursaba el Seminario de Catequesis.

“Interpelado por la catequesis, por la Palabra y por Jesús mismo que nos pedía hacer algo por los sectores vulnerables, se me ocurre ir a comentarle al párroco que yo era carpintero. Y me dijo: Bueno, mucho gusto. Yo soy cura, ¿qué vamos a hacer?…

Unos meses más tarde ya habíamos conseguido unas herramientas y estábamos trabajando con poquitos chicos. Ahí comenzó todo, con una mesa de trabajo que era una puerta… Hoy tenemos un tallercito montado, gracias a Dios”.

 


 

 

El Jueves 6 de septiembre, el programa radial UNA TARDE CUALQUIERA, que se transmite dos veces a la semana por JUVENTUDES RADIO, entrevistó a Miguel acerca de su labor semanal en la Casa Oratorio de la Parroquia Don Bosco, en la Ciudad de Córdoba.

  • ¿Cómo consiguen los materiales?

Eso ha ido cambiando a lo largo del tiempo. En principio era lo que encontrábamos por ahí, después me contacté con algunos colegas para ir a juntar lo que les sobraba y literalmente me metía en los basureros de las carpinterías y traía en mi vehículo todo lo que pudiera servir. Con esos sobrantes surgieron los primeros escritorios y mesitas de luz de material reciclado.

Después, eso fue cambiando. Ahora disponemos de algún dinero para comprar material y también algunas fábricas nos donan sobrantes que no hay que sacar de la basura, nos los reservan para nosotros y solo tenemos que traerlos para acá.

  • Es muy importante eso, contar con la materia prima…

Sí. Pero no se olviden que el objeto concreto, el mueble, la tarea a realizar… es secundario. Lo que nosotros pretendemos es lo mismo que pretendió el oratorio cuando lo concibió Don Bosco: Almas para Cristo. Lo hacemos a través de lo que él mismo pensó: el patio,la escuela, la capilla… Y bueno, a mí me toca esto, una mezcla de escuela y patio -porque la carpintería es un poco eso-.

Lo que hacemos es la excusa. Excusa para estar con los chicos, para decirles que los queremos, que son valiosos, que el trabajo es muy importante, que les puede permitir una salida laboral, para compartir con ellos un montón de valores y también para aprender de ellos un montón de cosas.

  • A raíz de esto, ¿Cuál es la modalidad en relación a la planificación temporal del taller?

Muchas veces hemos querido planificar una modalidad y los chicos siempre han decidido que no, que van a ser ellos los que van a imponer la modalidad. Con el tiempo he aprendido que lo que hay que hacer es hablar con ellos, ver qué es lo que necesitan y lo que quieren hacer en el momento. De ahí, tratar de lograr eso que quieren, que no siempre se puede, pero nos acercamos bastante. Así que la modalidad es esa, estar cara a cara con los chicos.

  • ¿Y la forma de trabajo? ¿Cómo se divide la carpintería?

Se supone que tengo que poder responder eso… La carpintería no siempre es igual, chicos…

Se forman pequeños grupos, diría, porque ellos mismos se asocian para trabajar. Yo trabajo con voluntarios, que son para mí un tesoro. Sin ellos no se podría llevar adelante la carpintería porque nos acercamos a estos grupitos que se forman, charlamos con ellos y ahí es cuando se hace el trabajo.

Entonces, si vienen 20 chicos, necesito por lo menos 6 o 7 voluntarios y no siempre contamos con esa cantidad. Es un espacio algo informal, pero que sea informal no quiere decir que no sea efectivo. Los frutos, a la larga, se ven. Como ya llevo varios años en esto, tengo la posibilidad de ver chicos que hoy han constituído familia y llevan una vida de bien.

  • ¿Qué intención tiene esta modalidad para vos?

No hay que perder de vista nunca el objetivo. El oratorio es un espacio religioso. Si bien se puede ver una carpintería, un taller de cocina o a chicos jugando al fútbol, es un espacio fundamentalmente religioso. No nos tenemos que olvidar que nosotros solo estamos con ellos algún tiempo, dos o tres años. Después los chicos se van del oratorio y tienen que irse con las herramientas, sabiendo que nosotros hemos pasado por su vida apuntando a Jesús y no a nosotros mismos.

Cuando ellos se van tienen que tener en claro quién es el Maestro al cual seguir y que no somos nosotros, que solo hemos sido un dedo apuntando, nada más.

 

 

  • El camino que siguen los chicos es como la vida, ¿no? Les das un hogar, les das tu amor… ¿Pero después?

A veces pienso, cuando reflexiono sobre nuestra actividad en el oratorio, que es ABRAZAR, SOSTENER y ENVIAR.

A los chicos los abrazamos. Si no los abrazamos, no podemos trabajar en el oratorio. Y el abrazo es sincero, es un te quiero de verdad. Nadie puede engañar a los chicos de sectores vulnerables y si los engañás no vuelven a darte el abrazo. El abrazo es sincero, los queremos de verdad y ellos aceptan ese cariño porque es sincero.

Entonces, los chicos son recibidos con un abrazo y son abrazados todo el tiempo. Pero también hay que sostenerlos: con contenidos, con herramientas para la vida, con la palabra, la catequesis… Y después, hay que soltarlos, hay que enviarlos.

Así que la tarea del oratorio es un poco eso, no olvidarse que hay que abrazar, que hay que sostener y que después hay que soltarlos sabiendo que no somos nosotros a los que tienen que volver.

  • ¿De qué manera lográs acompañar este proceso de los chicos?

Hay que responder a las inquietudes y a  los intereses de los chicos de acuerdo a la edad que tienen. A veces, por ejemplo, vienen pininos muy chiquitos y nos dicen que quieren hacer un cuadrito para el Día del Padre. Entonces tienen toda la ansiedad y tenés que contenerlos sabiendo que ese trabajo, si el chico tiene entre 6 y 8 años, lo va a tener que empezar y terminar en el día porque si no vos no te vas del taller.

Los chicos un poco más grandes ya vienen con otras inquietudes, quieren hacer algo que les pueda servir para guardar sus cosas… Y entonces son capaces de sostener un trabajo que puede durar en el tiempo, tampoco mucho.

En general, a mí me cuesta muchísimo bajar la ansiedad de los chicos y demostrarles y explicarles que en la carpintería la ansiedad es algo que hay que controlar porque si no, lamentablemente, el trabajo sale mal. Hay que calmarse, repetir el trabajo si no está bien, desarmar y volver a armar… Y en eso también van aprendiendo mucho sobre la vida los chicos.

  • ¿Cómo pensás que se sostienen en el tiempo estos procesos adquiridos?

Desde lo práctico: Hoy está volviendo al taller de carpintería un chico que ingresó en el 2010, después se fue y hoy vuelve como voluntario porque le interesa hacer un mueble para su casa que él necesita. Pero a su vez quiere también ser voluntario porque para él ha sido un espacio muy querido.

Lo que ellos recuerdan del taller es el cariño y el momento lindo que han pasado. Si no tienen la oportunidad de volver, ese recuerdo vive con ellos para siempre y les permite hacer que su vida sea diferente porque recuerdan los valores que mamaron en el oratorio: hubo una convivencia franca, hubo cariño, hubo abrazos, también disgustos, ¿eh? No se imaginen que es todo color de rosas. Hay de todo: enojos, broncas, a veces la carpintería sirve para catarsis también.Y yo lo permito. La otra vez llegaron cuatro adolescentes, les di un martillo a cada uno y les dije: “Todo esto lo pueden romper si lo necesitan”.

  • ¿Te piden cosas que no se pueden hacer?

A veces vienen con un tarugo pequeñito y te dicen: “profe, quiero hacer un castillo”. ¿Cómo se supone que vamos a hacer un castillo? Yo solo tengo sobrantes de madera… Pero bueno, terminamos haciendo algo, apilando piecitas o lo que sea…

 

 

  • ¿Qué los entusiasma dentro de tu taller?

Bueno, el taller tiene música, que es la que ellos deciden poner. Yo llego, pongo música que me gusta a mí y no dura ni 5 minutos. Y bueno, eso también viene de Don Bosco, ¿no? <<Un oratorio sin música…>>

Y creo que lo que más los atrae es este ambiente de camaradería, de cariño, y también la actividad, la herramienta. El poder trabajar con herramientas que no tienen en su casa es muy atractivo para ellos. Y hacer cosas útiles: un adorno para regalar, una bandeja para tomar el desayuno, un portarretratos para poner una foto, una repisa… Eso a los chicos los llena de satisfacción.

  • Te debe llenar de alegría lo que te vuelve de lo que das…

Sí, bueno, eso lo deben decir todos los que vienen de un oratorio. Siempre recibimos muchísimo más de lo que damos. Somos unos privilegiados por trabajar en estos lugares. Nunca vamos a dar lo que recibimos. Jamás.

Y no perdamos de vista nunca esto de que se trata de un taller que está dentro del marco del Sistema Preventivo. Esto de preventivo es una palabra para que hay que rescatar, que hay que traer de nuevo. PREVENIR, venir antes, llegar antes. ¿Antes de qué? Antes que lleguen los vicios de la calle, los malos ejemplos, la droga, las cosas jodidas de este tiempo. Venimos antes. Venimos antes con la catequesis, venimos antes con el Evangelio, venimos antes con el abrazo.

  • ¿Nos podés tirar algunos tips sobre cómo empezar un taller en un espacio barrial?

El taller tiene que comenzar con una IDEA. Nada más. Proponer esa idea no quiere decir que se vaya a llevar a cabo. Porque los que deciden si un taller se va a concretar o no, no somos nosotros sino los chicos que son los destinatarios de la idea.

Entonces: Yo propongo, voy a los chicos, veo si tengo lo necesario para que ellos me acepten y de ahí en más, ponerse en las manos de Dios porque todo lo que sigue va a ser incertidumbre. No hay mucho programa con estos sectores. Lo que hay que hacer es ponerse a disposición, no dejar de rezar, no dejar de pedirle a Bosco que nos acompañe, porque no falla. A pesar de las dificultades, de las idas y vueltas, no olvidarse que son los chicos, son los chicos. Ellos leen muy bien lo que hay en el corazón y saben perfectamente discernir.

No olvidarse esto: Somos dedos que apuntan a Jesús. Somos dedos que apuntan a Cristo. Ahí está el tesoro, ahí está la perla escondida.

 

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