Maín Mazzarello: monumento vivo a María Auxiliadora

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María Dominga Mazzarello nació el 9 de mayo de 1837 en Mornese, Alessandria, Italia. Fue la hija mayor en una familia campesina, numerosa y trabajadora.

Sus padres, José y Magdalena, decidieron el traslado a Valponasca cuando María era pequeña. Allí creció, ayudando a su papá en el cultivo de los viñedos, y a su madre en las tareas del hogar. No podía ir a la escuela por dos razones: por falta de tiempo y, en especial, porque no existían escuelas para niñas cerca.

Quienes compartieron la vida con ella, testimonian que Maín -como la llamaban familiarmente- tenía por costumbre levantarse de madrugada; empezaba sus actividades mucho antes del amanecer. Como la casa en la que vivía quedaba en una zona más elevada, Maín debía bajar hasta el pozo del pueblo para buscar el agua que consumiría su familia y el ganado durante el día. Después de dejar todo preparado para las tareas cotidianas, volvía al pueblo a participar de la misa, y llevaba a su hermana Felicina con ella. Muchas veces llegaban con anticipación, puesto que no tenían reloj.

 

Esta costumbre se afianzó desde el día en que Maín celebró su Primera Comunión, en 1850, con trece años.

 

Finalizada la misa, María Dominga regresaba a su casa y se dirigía a la viña. Trabajaba codo a codo con los empleados de su padre. Incluso, algunos se quejaban, por la rapidez y eficacia con que la joven realizaba las tareas.

 


Durante los momentos que Maín pasaba en su habitación, le gustaba mirar por una ventana pequeña, desde donde podía divisar la Iglesia. Era capaz de quedarse charlando con Jesús por horas.


 

Cuando María Mazzarello tenía 15 años, se inscribió en la Asociación de las Hijas de María Inmaculada y se abrió al apostolado de las chicas del pueblo. El grupo estaba formado por quince jovencitas; no tenían un reglamento escrito. Se reunían en la casa de una de ellas, para la lectura espiritual y trazar planes de acción, pero no pensaban formar un instituto religioso.

En 1960, una epidemia de tifus se abatió sobre Mornese. Maín, por proposición de Don Pestarino, fue a la casa de unos parientes que habían contraído la enfermedad, para asistirlos. Su padre no estaba de acuerdo, pero terminó accediendo.

Y cuando los tíos y primos de Maín sanaron, ella contrajo el virus.

Al borde de la muerte, María seguía rezando. Pidió a Pestarino que le llevase la comunión todos los días y recibió los últimos sacramentos. Tiempo después, su salud fue evolucionando, pero ya no podría seguir trabajando en la viña.

 

Aún débil, María tuvo una visión en el cerro Borgo Alto. Una multitud de niñas y jóvenes corría en un colegio, y una voz le decía: “a tí te las confío”.

 

 

La joven le contó todo esto a su mejor amiga, Petronila Mazzarello. Aunque no eran parientes, compartían el apellido y el amor a Dios. Ambas aprendieron costura con el sastre del pueblo y montaron un taller. Juntas, enseñaron a las niñas que “cada puntada ha de ser un acto de amor a Dios”. Así se entregaron a la misión de educar a las chicas más pobres.

 

Cierto día, un señor pidió a las jóvenes que cuidaran de sus dos hijas, porque estaba desempleado y había quedado viudo. Poco después aparecieron otras huérfanas. Y lo que había sido pensado como un taller diurno, se convirtió en una casa que alojaba a las niñas de día y de noche.

 

Muchas veces, para mantenerla en pie, se recurrió a limosnas, se debió repensar cómo obtener recursos (por ejemplo, la leña para cocinar y mantener el calor) y se hicieron sacrificios. Desde sus inicios, la obra de María Mazzarello se caracterizó por su austeridad y simplicidad, como así también por la alegría siempre presente.

 

 

Mientras tanto, en Turín, Don Bosco había recibido del Papa Pio IX el consejo de fundar una obra para chicas. Esta sugerencia se acompañó de un sueño, en el que el santo vio a las niñas junto a la Madre Auxiliadora. Ellas le recriminaban: “¿Es que las niñas no tenemos también un alma que salvar, como la tienen los muchachos? Y la Virgen le recordaba: “Ellas también son mis hijas”.

 

Providencialmente, Don Pestarino viajó hasta Turín para ingresar en la Congregación Salesiana, y comentó a Don Bosco el gran trabajo que María Dominga Mazzarello realizaba junto a otras jóvenes con las chicas pobres. Allí, el santo de los jóvenes encontró el lugar perfecto para cumplir con el mandato de la Virgen.

 

Don Bosco visitó Mornese junto a sus muchachos, bajo el pretexto de reunir fondos para un nuevo oratorio que se levantaría allí mismo. El 7 de octubre de 1864, el sacerdote santo y María Dominga se encontraron por primera vez. Él quedó impresionado, ella aseguró: “Don Bosco es un santo”.

 

El 5 de agosto de 1872, el Papa Pío Nono aprobó la nueva congregación, y María Mazzarello, junto a las nuevas hermanas, realizó su Profesión Religiosa.

 


Don Bosco dijo a los salesianos que el nuevo instituto debía llamarse “Hijas de María Auxiliadora”, porque sería un “monumento viviente a la Virgen”.


 

Como directora de la Congregación, Sor María Mazzarello destacó por su humildad. Viendo la falta de alfabetización de muchas de las nuevas religiosas, impulsó a las jóvenes más aptas a dedicarse a la tarea docente, y fue ella misma la primera en asistir a las clases para aprender a escribir. Redactó así varias cartas a diferentes destinatarios, en las que puede observarse su espíritu fresco, joven, sencillo y siempre alegre.

 

Las primeras casas fueron fundadas en Italia y Francia. En 1877, a pedido de Don Bosco, algunas de las salesianas (que ya habían crecido notablemente en número), cruzaron el océano para abrir nuevos institutos en Argentina y Uruguay.

 

Cuando las hermanas salesianas partieron para las misiones en América del Sur, Madre Mazzarello las acompañó hasta el puerto de Génova, donde tomó después un navío para visitar a las hermanas en Francia. Pero al llegar se sintió mal de salud y decidió regresar a Italia.

 

Una vida totalmente entregada a los demás también había desgastado su cuerpo, y con 44 años, se encontró por última vez con Don Bosco, quien le anticipó que iba a morir.

 

Maín entregó su alma a “su esposo” (como le gustaba llamar a Dios) en Niza-Monferrato el 14 de mayo de 1881. A sus religiosas, les dejó este mandato:

 

“Temo que surgirán rivalidades entre vosotras después de mi muerte (…)

Recuerden que la Santísima Virgen es la superiora de esta congregación. Obedezcan siempre a la que reciba la tarea de dirigir. Y, en segundo lugar, ayúdense siempre unas a las otras, pero dejen que su dirección espiritual esté en las manos de aquella designada para ese propósito”.

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