Escribir para educar, leer para aprender

0
639

Don Bosco fue un experto en utilizar todas las herramientas que pudiera considerar útiles en su función de educador y evangelizador. Así, a través de las acrobacias, la magia, el humor, el juego, el teatro y la música, conquistó el corazón de millones de personas, incluso hoy.

Un tratamiento diferencial puede darse a los libros. El Padre de la juventud estaba profundamente convencido de que los medios de comunicación social de su tiempo le ayudarían a llegar a más almas.

Ya que, según el propio Don Bosco, los libros de Historia de la Iglesia existentes no eran adecuados para sus muchachos por algunos de los ejemplos que ponían, por la extensión de los mismos o por algunos contenidos específicos, él resolvió escribir y buscar textos adaptados a sus chicos, quienes no poseían conocimientos en estas cuestiones.

 

 

El primer libro que San Juan Bosco escribió, llevaba por título  “Rasgos históricos sobre la
vida del Clérigo Luis Comollo” (1844), tenía 83 páginas pequeñas y se hicieron 30.000 copias. Otras de sus publicaciones más antiguas fueron La Historia Eclesiástica (1845) y la Historia Sagrada (1847).

Especialmente preocupado por la promoción del bien y de la dignidad humana, y por las “buenas lecturas”, redactó a sus jóvenes una carta acerca de este tema, invitándolos a continuar con la promoción de los buenos libros.

El escrito tiene como fecha el 19 de marzo de 1885 y lo compartimos a continuación.

 


Que sigamos nutriéndonos de todo aquello que pueda ayudarnos a vivir como buenos cristianos y honrados ciudadanos. San Juan Bosco, ¡Ruega por nosotros! 


 

Circular de Don Bosco sobre la difusión de buenos libros

 

“Ansioso de veros crecer cada día en entusiasmo y en méritos ante Dios, no dejaré de sugeriros de vez en cuando los diferentes medios que crea oportunos para hacer más fructífero vuestro apostolado.

Entre éstos, el que yo quisiera recomendaros con todas mis fuerzas, para la gloria de Dios y la salvación de las almas, es el de la difusión de buenos libros”.

No dudo en llamar “divino” a este medio ya que Dios mismo se sirvió de él para la salvación del hombre. Fueron libros inspirados por El que trajeron la buena doctrina al mundo entero. Fue El quien quiso que hubiera copias en todas las ciudades y pueblos de Palestina y que, cada sábado, se hiciese su lectura en las asembleas sagradas.

En un principio estos libros fueron patrimonio exclusivo del pueblo Hebreo; pero, llevadas en cautividad las tribus a Asiria y a Caldea, las Santas Escrituras fueron traducidas a la lengua siriocaldea y toda el Asia central se las hizo suyas en su propia lengua.

Al prevalecer el poderío griego, los Hebreos llevaron sus colonias a todos los rincones de la tierra y con ello se multiplicaron hasta la saciedad los Libros Sagrados; y los Setenta, con su versión propia, enriquecieron aun más las bibliotecas de los pueblos paganos; hasta el punto que los oradores, los poetas, los filósofos de aquel tiempo llegaron, a través de la Biblia, a captar no pocas verdades. Dios, de una manera especial, a través de sus escritos inspirados, preparaba al mundo para la venida del Salvador.

Nos concierne, pues, a nosotros imitar la obra del Padre Celestial. Los buenos libros difundidos entre la gente son uno de los medios más adecuados para mantener el reino del Salvador en las almas. Los pensamientos, los principios, la moral de un libro católico, son la sustancia extraída de los libros y de la Tradición Apostólica. Son tanto más necesarios en cuanto que la impiedad y la inmoralidad hoy en día se agarra a esta arma haciendo estragos estre las ovejas de Jesucristo, a fin de conducir y arrastrar a la perdición a los incautos y desobedientes. De aquí que es preciso atacar un arma con otra.

Añadamos que el libro si, de una parte, no tiene la misma fuerza intrínseca de la palabra viva, de otra ofrece ventajas aún mayores. Un buen libro entra hasta en las casas donde un sacerdote no podría entrar; lo toleran hasta los menos buenos, como un recuerdo o regalo. Cuando se ofrece a alguien, no da vergüenza, no se inquieta de ser abandonado, si es leído enseña la verdad dulcemente, si se le desprecia no se queja y deja un remordimiento que tal vez enciende el deseo de saber la verdad; mientras que él está siempre dispuesto a enseñarla.

Puede ser que se llene de polvo sobre una mesita o en una biblioteca. Nadie piensa en él. Pero llega la hora en que uno se siente solo o triste, tal vez la hora del sufrimiento o de la necesidad de distracción, y por qué no, la ansiedad del porvenir, y este amigo fiel se sacude el polvo, abre sus páginas y se repiten las admirables conversiones de San Agustín, del Beato Colombino y de San Ignacio. Muy cortés con los tímidos por respeto humano, se entretiene con ellos sin dar que sospechar a nadie; familiar con los buenos y siempre dispuesto a dialogar; les acompaña siempre y por todas partes.

Cuántas almas se pudieron salvar gracias a los buenos libros, cuántas fueron preservadas del error y 3 cuántas animadas a hacer el bien. Quien regala un buen libro, tan sólo por el mérito de suscitar un buen pensamiento hacia Dios, ha adquirido ya un mérito incomparable ante El. Con todo, es mucho más lo que se obtiene. En una familia, un libro si no lo lee la persona a quien va destinado, lo lee el hijo o la hija, el amigo o el vecino.

Un libro, en un pueblo, pasa tal vez por mil manos. Sólo Dios conoce el bien que puede producir un libro en una ciudad, en una biblioteca ambulante, entre un grupo de obreros, en un hospital, regalado como signo de amistad y ¡ojo! si sabéis de alguien que haya rechazado un libro porque es bueno . Todo lo contrario. Un hermano nuestro, en Marsella, cada vez que iba a los muelles del puerto, llevaba una buena provisión de libros excelentes para regalar a los mozos de cuerda, a los artesanos, a los marineros. ¿Y sabéis? Esos libros fueron siempre acogidos con gran alegría y agradecimiento y a lo mejor los devoraban al instante con viva curiosidad”.

Teniendo en cuenta estas observaciones y muchas otras que vosotros ya conocéis, os quiero hacer ver las razones por las que debéis estar siempre dispuestos a procurar, con todas vuestras fuerzas, la difusión de los buenos libros ya no sólo como católicos, sino principalmente como salesianos:

  1. Sabéis que ésta fue una de la principales empresas que me confió la Divina Providencia y también sabéis cómo tuve que tomármela a pecho, con incansable vigor, a pesar de mil otras ocupaciones mías. El odio rabioso de los enemigos del bien y de aquellos que me perseguían, veían en estos libros a un formidable adversario y, por otra parte, una empresa bendecida por Dios.
  1. De hecho, la admirable difusión de estos libros es un argumento para mostrar la asistencia especial de Dios. En no más de treinta años, ascienden a casi veinte millones los fascículos o volúmenes que hemos esparcido entre la gente. Si alguno de esos libros ha quedado en el olvido, otros habrán logrado un centenar de lectores; de donde podemos creer que el número de lectores a los que hemos hecho el bien con su lectura, superará, con creces, el número de volúmenes publicados.
  1. La difusión de buenos libros es uno de los fines principales de nuestra Congregación. El artículo 7 del párrafo primero de nuestras Reglas dice de los Salesianos: ”Se dedicarán a promover los buenos libros entre el pueblo, usando todos los medios inspirados en la caridad cristiana. Con la palabra y por escrito mirarán de poner un freno a la impiedad y a la herejía que de tantas maneras intentan insinuarse entre zafios e ignorantes. En este sentido hay que orientar los sermones que, de cuando en cuando, dirigimos al pueblo; los triduos, las novenas y la difusión de los buenos libros.”
  1. Por esto, entre los libros que hay que divulgar, propongo que demos preferencia a los que tienen fama de ser buenos, moral y religiosamente hablando, especialmente los que salen de nuestras tipografías, ya sea porque la ventaja material que reportan se invierte en acciones caritativas para el mantenimiento de nuestros jovencitos más pobres, o porque nuestras publicaciones tienden a presentar un sistema ordenado que abraza, a gran escala, todas las categorías sociales de la humanidad. No me detengo sobre este punto; pero sí que lo haré sobre un grupo solamente, el de los jóvenes, a los que he querido siempre hacer el, bien no sólo con la palabra, sino también con la prensa.

Con las Lecturas Católicas, deseando instruir a todos, tenía como punto de mira el entrar en las casas, hacer conocer los valores del espíritu en nuestros colegios y atraer a la virtud a los jóvenes, de modo especial con las biografías de Savio, de Besucco y de otros. Con el “Giovane Provveduto” (El Joven Cristiano), me propuse llevarlos a la iglesia, infundirles el espíritu de piedad y enamorarlos con la frecuencia de los sacramentos.

Con la colección de los clásicos italianos y latinos corregidos y con la Historia de Italia y otros libros históricos o literarios, quise sentarme a su lado en la clase y guardarlos de tantos errores y pasiones que les habrían sido nefastos aquí y para la eternidad.

Anhelaba ser su compañero en el recreo; y he tenido la idea de preparar una serie de libros amenos que espero no tarde en ver la luz.

Finalmente, con el Boletín Salesiano, entre tantísimos proyectos, tuve también éste: mantener vivo en los jóvenes, vueltos a sus casas, el amor al espíritu de San Francisco de Sales y a sus normas y hacer de ellos mismos los salvadores de otros jóvenes.

No digo que haya logrado mi ideal de perfección; pero sí os digo que a vosotros os toca arreglarlo, de manera que sea completo en todas sus partes.

Os pido insistentemente, pues, de no dejar de lado esta faceta tan importante de nuestra misión. Empezadla ya, no sólo entre los mismos jóvenes que la Providencia os ha confiado, con vuestra palabra y con vuestro ejemplo, sino aún más haciéndoles apóstoles de la difusión de los buenos libros.

Al principio del año, los alumnos, especialmente los nuevos, se llenan de entusiasmo ante las propuestas de nuestras asiciaciones, tanto más cuando ven 5 que se trata de corresponder con una pequeña cantidad.

Pero tened cuidado de que su adhesión sea espontánea y no impuesta a cualquier precio; y razonándolo debidamente, inducid a los jóvenes a asociarse, mirando no sólo el bien que estos libros les producirán a ellos mismos, sino también mirando al bien que puedan hacer a otros, mandándolos a sus casa, a medida que se publiquen, a sus padres, a los hermanos, a sus bienhechores.

Y aún hay más, los padres no muy practicantes quedan asombrados ante este recuerdo de sus hijos, de un hermano lejano, y con facilidad se proponen leer el libro, aunque no sea que por mera curiosidad. Pero tengan en cuenta que estas publicaciones no tomen jamás el tono de un sermón o de una lección para los padres, sino que tengan siempre y solamente el aspecto como de regalo estimado o de cariñoso recuerdo. De vuelta a casa vean de aumentar el mérito de sus buenas obras, regalándolos a los amigos, prestándolos a los familiares, ofreciéndolos a cambio de algún servicio, dándoselos al párroco para que los distribuya, procurando nuevos suscritores.

Estad convencidos, queridos hijos míos, que todas estas astucias atraerán sobre vosotros y sobre nuestros muchachitos las más selectas bendiciones del Señor.

Termino: la conclusión de esta carta no es otra que procurar que nuestros jóvenes obtengan los principios morales y cristianos a través de nuestras producciones, evitando el desprecio de los libros de los demás.

Con todo he de deciros que sentí una inmensa pena en el corazón cuando supe que en algunas de nuestras Casas, las obras impresas por nosotros, expresamente para la juventud, a lo mejor eran desconocidas o no se las tenía en consideración.

No aceptéis ni hagáis que los otros acepten aquella ciencia, que al decir del Apóstol, hincha, y acordaos que San Agustín, ya obispo, aunque eximio maestro de las buenas letras y orador elocuente, prefería la impropiedad de la lengua y la falta de elegancia en el estilo,, al riesgo de no ser entendida por el pueblo.

Que la gracia de Nuestro Señor Jesucristo esté siempre con vosotros. Rogad por mí.

Afectuosamente vuestro en Jesucristo, Sacerdote Juan Bosco.

SIN COMENTARIOS

DEJA UN COMENTARIO