El adiós al P. Carlos Barbero

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A toda la comunidad Diocesana y Salesiana:

Queridos hermanos:
Me toca como Obispo de Laferrere, despedir a un verdadero padre y hermano, de muchos de nuestra comunidad diocesana, el padre Carlos Barbero.
Carlitos…
Sigue brillando su luz de hombre bueno…, de mirada trasparente…, que hace silencio porque escucha…, que reconoce a sus ovejas y ellas lo reconocen a él. Con su andar sereno en bicicleta por las calles de Isidro Casanova y Laferrere, que aún con el paso de los años no dejó de realizar…
Hombre presente junto a la gente.
Hombre de Dios.
Hombre del Pueblo.
Hijo de la Iglesia y del tiempo. Marcado por la rica historia que lo forjó como hombre y como sacerdote…, por las manos de Mons. Angelelli (quien lo ordenó). Hijo de un tiempo histórico que lo marcó a fuego, en una Iglesia Latinoamericana que grita al mundo en favor de los pobres. Y ese grito y esa opción, la hizo vida. La concretó en opciones a lo largo de toda su existencia. Y ese eco de los pobres en el corazón de Dios, esa clara opción por los más pobres, nunca dejó de tener lugar en su propio corazón.
Fue hijo de la Iglesia que pudo ver con alegría y esperanza los aires nuevos, impulsados por un nuevo Papa venido del fin del mundo…
Hombre transparente que huele y trasparenta Evangelio vivo que todos podíamos ver fácilmente en él, como anuncio que transmitió con tan solo vivir. Con tan solo ser. Porque su ser estaba preñando de coherencia.
No dudo que a muchos nos enseñó con su ejemplo a ser buenas personas, buenos cristianos, buenos salesianos…; todo eso fue logrando. En cada uno el necesario ejemplo.
En su últimos días, preocupado como siempre, por no molestar. Preocupado como siempre de no solo seguir cultivándose y reflexionando, sino compartiendo generosamente sus reflexiones con nosotros.
Vivió discreta y pobremente. Murió como vivió…
Como el grano de trigo…, ahora florece en nueva vida de resurrección. Los ángeles y los santos lo reciben junto al Padre. Para continuar su obra desde otro lugar…
Amar a Dios eternamente.
Amar a la humanidad desde Dios.
Gracias Carlos por enseñarnos a vivir el Evangelio. Dios te cobije hoy en sus brazos.
Que las semillas del Reino que con tanto amor has sembrado, florezcan en signos de esperanza, en gestos de Buena Nueva. En sonrisas de los pobres compartidas.
Bendice desde el cielo a las comunidades por donde transitaste. Ayúdanos a ser fieles en el seguimiento de Cristo y en la alegría del anuncio del Evangelio.

Gracias Señor por habernos regalado tan buen pastor para caminar junto a nosotros. Danos tu bendición con buenos pastores que sigan tan gozoso ejemplo.

Mons. Gabriel B. Barba
Obispo de Gregorio de Laferrere

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El P. Carlos Antonio Barbero nació el 24/01/1941 y falleció el 17/09/2017 en Buenos Aires. Tenía 76 años de edad, 58 de profesión religiosa y 48 de sacerdote. Fue Director 1 año.

Carlos Antonio nació en Angaco Sur, una localidad próxima a la ciudad de San Juan. Sus padres, inmigrantes italianos, se llamaban Luis y Catalina Bórbore; don Luis era viñatero y la Sra. Catalina ama de casa. Carlos tenía además tres hermanos: Franco, Rosa y José.
Cuenta el mismo P. Carlos: “Mis viejos nacieron en el norte de Italia, cerca de la cuna de Don Bosco. De allá trajeron un gran cariño por el carisma de este santo. Vinieron alrededor del ´30 y se radicaron en una localidad llamada Angaco Sur, a treinta kilómetros de la capital de San Juan. Los cuatro hermanos fuimos creciendo en el ámbito de la presencia salesiana del pueblo.”

En 1954 ingresó al Colegio “Don Bosco” de la capital sanjuanina. Al año siguiente se trasladó a la ciudad de Córdoba para hacer la experiencia del Aspirantado en la casa “Domingo Savio”. “Cuando tenía trece años, en un ya desaparecido tren, recorrí con mi viejo los ochocientos kilómetros de San Juan a Córdoba. Allá, el Seminario Salesiano con sus más de doscientos internos, se me convirtió en un desierto amargo por la distancia de los afectos. ¿Por cuál misterio de la vida habría de atravesarlo sin volver despavorido atrás?”

En 1958 realizó el noviciado en San Ambrosio (Córdoba) haciendo su primera profesión religiosa el 29 de enero de 1959. Hará sus estudios filosóficos en la casa “Miguel Rúa” de Córdoba (1959-1961) y los de teología en la misma Provincia, en el “Instituto Villada” (1965-1968). En medio de sus estudios, el trienio práctico será en el Aspirantado “Domingo Savio” (1962-1964).
“Como un linyera recorrí otros trece años llevando el bagayo de la esperanza que Alguien me regaló. Cientos de personas me ayudaron para que pudiera “digerir” el magisterio, la filosofía y la teología, en mi caso, la vida.” Lo terminará ordenando diácono Mons. Angelelli, entonces Obispo Auxiliar de Córdoba, el 30 de abril de 1968, y sacerdote Mons. Idelfonso María Sansierra, Arzobispo de San Juan, el 21 de diciembre de ese mismo año. Su lema sacerdotal fue: “El Espíritu del señor me ungió para llevar nuevas buenas a los pobres, para anunciar la libertad a los cautivos y a los ciegos que pronto van a ver y proclamar el año de gracia del Señor.” Recordará el mismo Carlos más tarde que ese año de su ordenación fue el mismo año de Medellín.

En su tiempo por la ex Inspectoría de Córdoba, el P. Carlos trabajará en las Obras de Eugenio Bustos (Mendoza, 1969-1971) y de San Juan (1972- junio 1973). En su destino mendocino será catequista y consejero, mientras que en su tierra natal se desempeñará como encargado del Templo.
“Mis cinco primeros años de sacerdote, en Mendoza y San Juan, se debatieron en la reñida confrontación interna y externa, entre diferentes modelos de Iglesia. Igual que otros innumerables cristianos y cristianas, había que definir si se quería seguir a Jesús desde los pobres o desde otro lugar.”
A mediados de 1973 una nueva experiencia comenzará en su vida: en la Obra de San José en Rosario, en la antigua Inspectoría homónima, desde junio de 1973 y hasta finales de 1974, el P. Carlos comenzará a hacer su experiencia con la pastoral popular. Ese primer paso lo llevará luego a Zárate, también en el inicio de la Inspectoría de Rosario, donde permanecerá veintitrés años divididos en dos bloques de tiempo: 1975-1989 y 2008-2015.
Nos dice Carlos: “A los treinta y dos años en otro tren, también desaparecido, me tocó recorrer mil doscientos kilómetros de San Juan a Buenos Aires. Gracias sean dadas a Dios: no era solo un recorrido geográfico sino también espiritual. A modo de luces en el camino iban apareciendo, cercanas y lejanas, personas grandes en la fe y en el amor, en la justicia y en la misericordia, señalando el rumbo para no perder de vista ni a Jesús ni a los pobres.”
La Obra de Zárate, que en 1985 pasó a formar parte de la Inspectoría de Buenos Aires, daba sus primeros pasos de la mano del P. Carlos y dos salesianos más. Relata el P. Roberto Musante: “Marcó sobre todo su presencia muy fuerte en Zárate, donde en 1975, en plena víspera de la dictadura militar, fue a vivir con otros dos compañeros salesianos. Comenzaron a hacer su casita con los laicos. Trabajó en el frigorífico “Martín Fierro” de Zárate; allí pasó desapercibido trabajando como un obrero más durante casi dos años.” Muchos años en esta Casa salesiana forjaron fuertes vínculos que hasta el último momento se mantuvieron fieles, fuertes y vivos como en el primer momento.
La otra Casa salesiana que contó largamente con la presencia del P. Carlos fue “Jesús Buen Pastor”, en Isidro Casanova (La Matanza). También en esa Obra su estadía, que se prolongó por poco más de catorce años, estuvo marcada por dos períodos: 1989-2007 y 2016-2017. Durante el primer período, el P. Carlos hizo una pausa de cinco para cuidar a su padre enfermo en San Juan; como bien dijera el P. Musante, “transcurrieron cinco años de ministerio al lado de su padre, cuidándolo con un cariño maternal, tratando de devolverle lo que ese papá le había dado de corazón.”
Sus años en Buen Pastor dejaron huella. “El testimonio de Carlitos ustedes lo conocen: un hombre humilde, un hombre dispuesto siempre a escuchar, un hombre que tiene tiempo para todos y, sobre todo, para los más humildes. Carga su bicicleta y va de un lado para otro. Su enfermedad lo acompaña, porque sabemos que pasó varios años con un problema de asma bastante serio.” (P. Roberto Musante)
“El P. “Carlitos” para todos, un sanjuanino de contextura robusta, ojos claros con miradas de “hermano”, de andar lento, pausado hablar. Carlitos es un sacerdote que nació para este ministerio […] el Padre es realmente un verdadero “apóstol”, ama lo que hace, acompaña a nuestra comunidad en todo momento, en las buenas y en las malas. Se interesa por el que sufre, por los que necesitan de él. Es el “Buen Pastor”. Con su enfermedad a cuestas, el asma, y su bicicleta despintada, recorre veinte cuadras para celebrarnos la Eucaristía todos los domingos, y también cuando lo necesitamos, para rezar un responso, acompañar a una familia, compartir una fiesta patronal… […] Bien sé que a él mucho no le gusta ser protagonista. Quiere pasar con un perfil bajo, inadvertido. Pero a mi entender, ¿cómo no celebrar esta entrega tan fuerte, tan honda, con tanto entusiasmo, de quien deja en nuestros corazones huellas tan profundas? En mí lo ha hecho.” (Miguel Ángel Ayala, de la comunidad de la capilla “Santa Rita” de Ciudad Evita).

A fines del año 2016, la salud del P. Carlos comenzó a desmejorar. El “sanjuanino de contextura robusta” comenzó a debilitarse lentamente sin perder nunca, sin embargo, esa “mirada de hermano” de la que hablan los testimonios. En mayo de 2017 fue trasladado a la casa Zatti de Buenos Aires dada la necesidad, cada vez mayor, de cuidados especiales. A fines de agosto pasado el diagnóstico del mal que aquejaba al hermano se dilucidó completamente: tenía un tumor cerebral. Durante los últimos meses, acompañado de sus hermanos de Isidro Casanova, de Casa Zatti y de una gran cantidad de laicos y laicas, el P. Carlitos continuó dando desde el dolor de la enfermedad un impactante testimonio. Hasta el final de sus días, en la gente que lo visitó y en los hermanos que se acercaron, “Carlitos” testimonió la fraternidad del Reino.

Foto: www.diariolaprovinciasj.com

 

 

 

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